Un escudo arrimado a las tablas vacilantes de una casucha como un ridículo tiro al blanco envejecido, el escudo que se disputaron ferozmente los pacos y los pobladores en la toma de la Cardenal Silva Henríquez. Peleándose, defendiendo rabiosamente un
símbolo mudo, incongruente, desproporcionado, y a pesar de todo, de todos.