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Nosotros sabemos al menos esto:
la tierra no pertenece a los hombres, es el hombre quien pertenece a la tierra.
Todo está unido como la sangre que une una misma familia. Todo está unido.
Lo que le pase a la tierra,
le sucederá a los hijos de la tierra.
No es el hombre el que tejió
la trama de la vida: él es solamente un hilo. Todo lo que haga al tejido,
se lo hace a sí mismo.
Incluso el hombre blanco, cuyo
dios camina y habla con él, como dos amigos, no escapa al destino común.
Después de todo quizás seamos hermanos. Veremos. Hay algo que sabemos que
quizás el hombre blanco descubrirá un día: nuestro dios es el mismo. Es
posible que ustedes piensen poseerlo como quieren poseer nuestra tierra, pero
no pueden. El es el dios de todos los hombres y su piedad es la misma para el
hombre rojo y para el hombre blanco. Esta tierra le es entrañable y atentar
contra ella es despreciar su creador. Los hombres blancos también desaparecerán,
quizás antes que todas las otras tribus. Contaminen su cama y una noche se ahogarán
en sus propios deshechos.
Pero, muriendo, brillarán con
la fuerza del dios que les ha traído a esta tierra, y que por algún
designio particular les ha hecho dominar esta tierra y al Piel roja. Este destino
es para nosotros un misterio, porque no entendemos cuando los bisontes son masacrados,
los caballos salvajes domados, los rincones secretos del bosque invadidos por
el olor de muchos hombres, y la vista desde las colinas en flor contaminada por
los alambres que hablan.
¿Dónde están los
matorrales? Desaparecidos. ¿Dónde está el águila? Desaparecida.
El fin de la vida, el inicio
de la sobrevivencia.
Jefe Seattle, 1854
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