No hay lugar tranquilo en las ciudades de los hombres blancos, no hay donde poder escuchar las hojas crecer en primavera o el ruido de las alas de un insecto. Pero quizás es porque yo sólo soy un salvaje, y no lo puedo entender. ¿Qué interés tiene la vida si el hombre no puede escuchar el grito solitario del chotacabras, o las conversaciones de las ranas al borde de un lago al anochecer? Yo soy un Piel roja y no lo entiendo. El indio prefiere el suave susurro de la brisa sobre la superficie del lago, el olor del viento lavado por la lluvia matinal, o perfumado por los pinos.

El aire es imprescindible para el Piel roja, pues todas las cosas participan del mismo soplo.

El animal, el árbol, el hombre, todos comparten el mismo aliento.

El hombre blanco parece no darse cuenta del aire que respira como un hombre que agoniza varios días, insensible al hedor. Pero si les vendemos nuestra tierra no olviden que el aire es precioso; que comparte su espíritu con todo lo que hace vivir. El viento que dió a nuestros padres el primer aliento, también recibió su último suspiro. Y si les vendiéramos nuestra tierra, tendrían que conservarla aparte y considerarla sagrada, como un lugar donde incluso el hombre blanco puede disfrutar del viento endulzado por las flores de la pradera. Consideraremos vuestra oferta de comprar nuestra tierra. Pero si decidimos aceptarla pondremos una condición: el hombre blanco deberá tratar los animales de la tierra como a sus hermanos.

Yo soy un salvaje, y no conozco otra manera de vivir.

He visto mil bisontes pudriéndose en la pradera, abandonados por el hombre blanco que los había abatido desde un tren que pasaba. Yo soy un salvaje y no puedo comprender cómo el caballo de hierro humeante, puede ser más importante que el bisonte, al que nosotros matamos sólo para subsistir.

¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales desapareciesen el hombre también moriría en una gran soledad de espíritu. Lo que les sucede a los animales, le sucederá luego a los hombres. Todo está estrechamente unido.

Deben enseñar a vuestros hijos que el suelo en que caminan está hecho con las cenizas de nuestros antepasados. Para que respeten la tierra, cuéntenles que ella se ha enriquecido con las almas de nuestros antepasados. Enséñenles a sus hijos lo que hemos enseñado a los nuestros: que la tierra es nuestra madre, todo lo que le pase a la tierra, les sucede a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen sobre la tierra, se escupen a sí mismos.

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El animal, el árbol, el hombre, todos comparten el mismo aliento

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